EL ANDAR DE LA TUZA

Ángeles Ledesma* LA MODA DEL VINO

En el mundo existen placeres que dialogan entre sí con naturalidad: la poesía, las bellas artes y, por supuesto, el vino. La cultura del vino no solo acompaña estos universos, sino que los despierta. Cada copa encierra la esencia de un instante, de un territorio y de una emoción que esperamos sea irrepetible; por ello, estamos dispuestos a pagar su justo valor.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha recurrido al vino como símbolo y vehículo: en ceremonias religiosas, celebraciones o simplemente como expresión del gozo cotidiano. Su historia atraviesa civilizaciones y épocas: desde las referencias bíblicas a la vid, la Grecia de Pericles, la Roma de Julio César, hasta la Francia de Napoleón.

Beber vino es mucho más que un acto; es una experiencia sensorial profunda. En cada sorbo habita una tierra generosa, cultivada con esmero por manos sabias. Su cuerpo guarda el lenguaje del clima, del sol y del agua; y también la memoria de generaciones de vinicultores que han perfeccionado su arte con paciencia y devoción.

El vino, como organismo vivo, continúa su evolución incluso después de ser embotellado. Adentrarse en él es como frotar una lámpara maravillosa: un viaje que convoca al cuerpo, al espíritu y, sobre todo, a los sentidos. Tras la segunda copa, se diluyen las reservas, aflora la risa y la vida se vuelve más ligera, más celebratoria.

Pero surge la pregunta inevitable: ¿el vino es moda?

Si bien algunos se acercan a él por tendencia, son muchos más quienes lo eligen por el placer genuino de sus cualidades. Es en ese encuentro donde ocurre la verdadera magia. La cultura del vino ha impulsado un crecimiento sostenido en su consumo, consolidándose como una experiencia que va más allá del simple acto de beber.

Entre las nuevas generaciones, especialmente en países como Estados Unidos, Japón y Gran Bretaña, el vino ha desplazado a otras bebidas, adquiriendo un aire de sofisticación. Para algunos jóvenes, representa un signo de distinción; incluso en Japón, se ha popularizado regalar a la pareja una botella del año de su nacimiento, como gesto simbólico y emocional.

Sin embargo, el vino no es —ni pretende ser— un producto de masas. Es una bebida que exige atención, sensibilidad y disposición. Quien lo aprecia no solo bebe: interpreta, contempla y se transforma. Porque el vino, en su esencia más profunda, no es una moda; es un camino hacia el cultivo del cuerpo, la mente y el espíritu.

*tck@iniciatika.com

TC Análisis Informativo CDMX, abril 2026

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