Jorge Cano Verea
Texto escrito el 20 de septiembre de 1987 y… nada ha cambiado.*
Ese domingo te despertaste porque te estaba haciendo cosquillas en la nariz una pluma de ganso. Cuándo la viste pensaste que aún estabas soñando, porque eso es lo que habías soñado. Tus recuerdos de secundaria y las pintas que acababan en Chapultepec buscando algún rincón escondido entre los árboles para echarte un faje en medio de plumas de los gansos del lago. Todo tu cuerpo estaba cubierto por plumas grises y blancas: volteaste y en tu cama, en el suelo y en tu cabello había plumas. Te levantaste y viste que la almohada se había roto. Fuiste hacia el baño todavía sorprendido de lo fácil que es estar confundido entre los sueños y lo real.
Orinaste y después abriste la regadera. Pensabas que se estaba haciendo tarde. Te habías quedado de ver con tus amigos en el “Tercer Mundo” a las once de la mañana y eran diez y media. Total te vestiste y saliste corriendo hacia allá.
Llegaste al ”Terso” y ahí estaba el “Demonio” tomándose una “Victoria” y Juan Pablo leyendo La Jornada. Sólo ellos habían llegado.
Saludaste a Lolita y le pediste una cerveza, la viste como siempre pesada, grandota, con sus lentes rotos, con su paso lento y su sonrisa sin dientes. Atrás estaba Don Luis, su esposo, con su eterno cigarro Delicado apagado entre sus labios, detenido por su bastón que más bien ya era una extensión de su mano y un tercer pie. Eran tan viejos que pensaste que nunca habían sido jóvenes.
El ”Tercer mundo” no es lo mismo entre semana que en domingo… Entre semana está llena de estudiantes y guitarras, risas y chistes, lágrimas y cervezas. Los domingos, sólo obreros curándose del día anterior y el pepitero que es el único día que no vende. Nos pusimos a platicar mientras llegaban los demás. Ya se habían tardado. Eran las doce y la “tocada” comenzaba a las tres pero estaba muy lejos. Llegaron Isabel y Oscar, faltaba Eulalio -el “LaloRock”- y su grupo. Fuiste con todos a buscarlos y los encontraron afinando las guitarras en casa del baterista.
Te desesperaste porque pensabas que siempre se hacen las cosas así, al último momento. Por fin salieron, el día estaba nublado, en el camino se iban acabando los colores, los semáforos, ahí no se necesitan, en su lugar iban quedado paredes grises, gentes grises, calles grises mal pavimentadas, charcos por todos lados, terregales.
La tocada era en una colonia popular, en medio de esos cinturones de miseria que rodean a las grandes urbes. Fueron los primeros en llegar, “El Cuervo”, dueño de la pista no estaba todavía, había ido por los aparatos.
Tú sabías que “El Cuervo” se las había ingeniado para conseguir los permisos y el apoyo del ayuntamiento para hacer esas tocadas a cambio de llevar a la banda “moverle la cola” al presidente municipal o al candidato en turno, sabíamos que recibía dinero también del que nunca le llegaba a los grupos que tocaban, la neta, por amor al Rock y en solidaridad con la Banda.
Cuándo llegó, con las bocinas sintetizadores y aparatos, los bajaron, los pusieron y los probaron, todo en chinga pues ya era tarde.
Desde el balcón que estaba arriba de la pista al aire libre, solo veías la parte opaca y escondida de la ciudad, las casas parecían arañas pegadas a los cerros desesperadas por no desgajarse, a lo lejos… el reclusorio y el humo de las fábricas que aún en domingo contaminan.
Eran las cuatro del la tarde y casi no había gente, mientras llegaban tocaron los del “tercer Mundo”, así se llamó el grupo, no tenían nombre pero como venían de ahí, así le pusieron.
El Oscar Dillan y sus cuates tocaron algunas rolas “urbanas”, como Rio Lerma que narra el largo y sinuoso camino que toma un estudiante para llegar de su casa la escuela, mientras, se preparaban los grupos de rock que son los que le gusta a la “Banda”.
La pista estaba en el cerro y oías el tañir de las campanas de la iglesia, sentiste que sus repiques ya no tenían e eco que tuvieron hace dos siglos, te sonaba a viejo, anacrónico, a falso de tanto dejar promesas incumplidas.
Con acordes de guitarra y batería la “pista Revolución” llamaba a ”la banda” que prefiere lo seguro a la promesa, pues el edén es imaginario y el infierno en el que viven es real.
La neblina bajaba y sólo había como veinte “chavos banda” casi todos ellos de quince y diez y seis años. Comenzó a llover y pensaste “ya valió madres” este pedo. La primera rola fue “Humo en el agua y fuego en el cielo” de Deep Purple”, sin embargo del cielo caía agua y en el suelo solo había lodo.
“La Calle” como improvisadamente lo presentó “Lalo Rock”, siguió tocando y dijo “ con lluvia o sin ella, con ojetes o sin ellos, tocamos a huevo”.
Los “toques” no faltaron, primero los que nos dimos porque conectaron mal los cables y con la lluvia la electricidad traspasaba nuestros tenis y después los que “prendimos” para empezar a reírnos de cualquier mamada.
Había muy poca banda que pese a la lluvia seguía bailando, se aventaba al lodo, reía brincaba, eran tan pocos que sentías que le tocaban a la ciudad, a esa parte de la ciudad olvidada de Dios y de sus propios habitantes.
De lejos veías una bandera que con él lagua no se movía, símbolo de un país tan rico y tan pobre al mismo tiempo. Se prendieron las primeras luces, la lluvia era cada vez más fuerte, el agua se metía por el techo improvisado de cartón con chapopote.
Por fin, la lluvia cedió y la gente empezó a llegar en grupos de diez, quince, veinte y más, entre ellos llegó el “Simón” con su armónica y un Bandón de su barrio. Tú sabías que es la única manera de ir a una tocada en esos lugares, porque si se arma una bronca nadie te hace el “paro” más que tus cuates.
Ahora sí veías cómo se llenaba la pista de “Puncks”, “Rockers”, “Darquetos” “Metaleros”, “Trashers” y de tantos motes con los que se identifican y se dan identidad.
Era el quinto grupo el que tocaba, y tocaba “rock eléctrico”, estridente, neurasténico, paranoico, agobiante, que motiva a moverse, brincar, morder , patear, y tu veías cómo se movían, brincaba, pateaban y se mordían unos a otros, recreando su vida diaria pero con otro objetivo: el primero de sobrevivir, el segundo de vivir.
Sin darte cuenta, esa música te hacía moverte a ti igual, con el pecho arriba, con la guardia preparada, con la mirada altiva, por si cualquier cosa, es un baile que cansa, que agota, como una lucha, que acaba por rendirte y cuándo eso pasa te lleva a recargarte en la pared a tomar aliento y esperar a que pasen las “Caguamas”. Sabías que tenías que darle un trago largo, despacio para que no se te atragante en él cogote, tenía que ser largo por qué esa “Caguama” no iba a regresar. Como en la guerra, hay que comer hasta hartarse cuando hay comida, porque no sabes si vas a volver a comer.
El último grupo “Neblina Morada” tocaba y cantaba la canción “El Grito” y todos gritaban como una necesidad de sacar toda la energía que llevan los que tienen veinte años y los oprimidos, pensabas que ellos sabían que al otro día era lunes, y que había que ir trabajar, a recibir salarios de hambre, a ir apretujados en el camión o en el metro, a tragar smog y ruidos negros.
Se acabó “El Grito” y con el acababa y empezaba otra semana más. Otra semana igual que todas, llena de incertidumbre, a la mejor sin trabajo, sin casa, sin nada; ni siquiera para conseguir para la entrada a la “Pista Revolución”.
Y tu sabías qué si eso pasaba, seguramente la pista se alargaría a las calles, a las plazas, a las esquinas y a los callejones, a exigir al mundo y a sus opresores el derecho a la vida, que el grito y el baile tocaría a todos y en todos lados quitándole lo gris a las paredes, al aire y a sus vidas.
Se apagaron las luces, el cielo estaba despejado, los chavos se dispersaron y tú también te fuiste, con un cigarro en la boca ibas caminando mientras pensabas en ese domingo, en esta ciudad en esta ciudad, “Ojerosa y Cansada” dónde se vive se sobrevive y se muere todos los días.
*Para toda la banda con la que trabaje en aquellos años, mis amigos que se nombran aquí ,Isabel Ramos, compañera en esta aventura; Guillermo Ochoa Montalvo, Laura Collín y Carlos Ochoa –Qdp-, quienes me metieron en esto.
CDMX 8 de enero 2025
















